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Antes del 2 y 3 de febrero: el desgaste del poder, la fractura colorada y el camino hacia el fin del stronismo

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El derrocamiento del general Alfredo Stroessner, ocurrido entre el 2 y 3 de febrero de 1989, no fue un hecho repentino ni aislado. Fue el desenlace de un proceso largo, silencioso y acumulativo, marcado por el desgaste físico y político del dictador, la fragmentación interna del Partido Colorado, la emergencia de nuevas élites económicas y una presión internacional creciente que terminó por volver insostenible al régimen.

El periodista y escritor, Roberto Paredes, sostuvo en entrevista con Central Radio 1140 AM, que ya a comienzos de la década de 1980, dentro del propio círculo de poder se percibía que el modelo mostraba signos de agotamiento. En 1983, tras décadas de control absoluto, Stroessner daba señales de cansancio y dejaba entrever, incluso ante interlocutores cercanos, la posibilidad de no volver a postularse. No se trataba únicamente de una fatiga política: su estado de salud, agravado por una sobremedicación funcional al control del poder, facilitó un manejo cada vez más automático de decisiones clave del Estado, alimentando intereses cruzados y disputas internas.

Cada ministro, cada sector, respondía a redes propias. El poder, lejos de concentrarse, comenzaba a dispersarse peligrosamente.

La conversación que encendió las alarmas

Uno de los episodios más reveladores ocurrió en 1986, cuando el exministro del Interior Edgar Ynsfrán, figura emblemática del coloradismo histórico, fue convocado a una reunión privada con Stroessner en el Palacio de Gobierno. El encuentro, deliberadamente despojado de testigos, dejó una impresión profunda: el dictador consultó a su interlocutor si debía o no volver a candidatarse. Para quienes conocían la personalidad de Stroessner, aquella pregunta fue una señal inequívoca de debilitamiento.

Ynsfrán comprendió de inmediato la magnitud del momento. Al salir del encuentro, transmitió a su entorno una convicción que se volvería decisiva: el régimen ya no era inexpugnable. A partir de entonces, inició un trabajo político y diplomático intenso, viajando por Estados Unidos y Europa, construyendo consensos y legitimidad internacional para una eventual transición democrática.

1987: la ruptura sin retorno

El punto de quiebre interno llegó en agosto de 1987, durante la convención del Partido Colorado. Allí, el sector stronista impuso su fuerza de manera abrupta y simbólicamente violenta, expulsando a empujones a referentes del tradicionalismo colorado, entre ellos Juan Ramón Chávez, figura histórica del partido.

La expulsión no fue un acto necesario desde el punto de vista numérico los stronistas aún controlaban una amplia mayoría de las bases, sino un mensaje político: el poder se sentía amenazado. De ese clima surgió la autodenominada militancia combatiente stronista, consciente de que enfrentaba fuerzas internas y externas que avanzaban hacia “las últimas consecuencias”.

Una sociedad que ya no era la misma

Mientras el régimen se atrincheraba, el Paraguay había cambiado. La bonanza económica de Itaipú, el auge del algodón el llamado “oro blanco”, la mecanización agrícola y el boom de la construcción dieron origen a una nueva élite económica: una aristocracia bancaria, industrial, ganadera y financiera que concentraba capital y exigía influencia política.

En un país de menos de tres millones de habitantes, se instalaron más de treinta entidades financieras. El dinero circulaba, los edificios crecían y emergía una clase social que ya no aceptaba ser representada por estructuras políticas cerradas y militarizadas. El stronismo, con su lógica de control vertical y lealtades rígidas, se convirtió en un obstáculo para esa transformación.

La llegada al poder, años después, del primer presidente civil de la posdictadura, el ingeniero Juan Carlos Wasmosy, símbolo de ese nuevo poder económico surgido al calor de las hidroeléctricas y la expansión ganadera, fue una confirmación de ese cambio estructural.

Presión internacional y aislamiento

En paralelo, el contexto internacional se volvía cada vez más adverso. Desde la administración de Jimmy Carter y luego con Ronald Reagan y George Bush, Estados Unidos sostuvo una política activa de promoción democrática en la región. Paraguay dejó de ser una excepción tolerada.

En diciembre de 1988, pocos meses antes del golpe, la tensión alcanzó niveles inéditos cuando militantes colorados atacaron un acto de derechos humanos en Trinidad, obligando a la intervención directa de fuerzas estadounidenses para evacuar a su embajador. El enfrentamiento ya no era solo interno: el régimen comenzaba a perder respaldo externo.

La visita del papa Juan Pablo II en 1988 fue otro mensaje inequívoco. Su trato distante hacia las autoridades y su cercanía con sectores sociales y civiles reforzaron la percepción de que el ciclo estaba cerrado.

El final anunciado

Para finales de 1988, todas las variables estaban alineadas: un liderazgo envejecido y debilitado, un partido fracturado, nuevas élites económicas demandando poder, presión internacional sostenida y actores militares que ya evaluaban el día después.

El golpe del 2 y 3 de febrero de 1989 no creó una nueva realidad: simplemente hizo visible una que llevaba años gestándose. Fue, en esencia, el acto final de un régimen que ya había perdido su capacidad de adaptarse a un país que había cambiado más rápido que su propio poder.

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